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KOLB
Desde mi experiencia como docente en maestría en Seguridad y Salud en el Trabajo, considero que la fase más desafiante de integrar en la práctica docente es la experimentación activa. Si bien logramos con relativa facilidad promover la experiencia concreta (a través de estudios de caso, análisis de eventos adversos o simulaciones) y la observación reflexiva (mediante discusiones guiadas), el verdadero reto aparece cuando buscamos que el estudiante lleve ese aprendizaje a la acción transformadora en su contexto real.
En programas de posgrado, muchos estudiantes ya están vinculados al sector laboral, lo que en principio facilitaría esta fase. Sin embargo, en la práctica encontramos barreras importantes: limitaciones institucionales, culturas organizacionales poco abiertas al cambio, o incluso temores del propio estudiante para proponer intervenciones en sus entornos de trabajo. Esto hace que la experimentación activa no siempre trascienda del ejercicio académico al impacto real.
He notado que cuando se logra articular esta fase con proyectos aplicados —por ejemplo, intervenciones en seguridad del paciente o análisis de segundas víctimas en sus instituciones— el aprendizaje cobra un sentido mucho más profundo. No obstante, requiere acompañamiento cercano, retroalimentación constante y, sobre todo, generar confianza en el estudiante para que se reconozca como agente de cambio.
Creo que este punto nos invita como docentes a repensar nuestras estrategias: ¿estamos diseñando actividades que realmente faciliten la transferencia del conocimiento a la práctica?, ¿o nos estamos quedando en fases más cómodas del ciclo?
Quedo atenta a conocer cómo han abordado ustedes este desafío en sus contextos.
Cordialmente;
Mery Gonzalez Delgado
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