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Ciclo de Kolb en la práctica docente
Leyendo las intervenciones, me doy cuenta de que no hay una única fase “más difícil”, sino que el reto cambia según cómo vivimos la práctica docente. En mi caso, coincido bastante con la idea de que la observación reflexiva es especialmente difícil, pero no tanto por entenderla, sino por llevarla a cabo de forma auténtica.
Muchas veces en clase la reflexión se queda en algo muy rápido o superficial, como un cierre de rutina, y no en un espacio real donde los estudiantes analicen lo que hicieron, por qué les funcionó o qué cambiarían. Creo que esto pasa porque el tiempo siempre es limitado y sentimos la presión de avanzar en contenidos. Detenerse a reflexionar bien exige parar, y eso no siempre es fácil de sostener en la dinámica del aula.
Al mismo tiempo, también veo que cuando la reflexión no es profunda, se afecta otra fase clave: la conceptualización abstracta. Si el estudiante no logra analizar su experiencia, difícilmente va a construir aprendizajes más claros o transferibles. Por eso, siento que ambas fases están muy conectadas y representan un reto importante.
En lo personal, he notado que ayuda mucho cuando la reflexión no se deja al final, sino que se guía con preguntas más concretas durante la actividad, o cuando se generan espacios de diálogo donde los estudiantes pueden contrastar sus ideas. Aun así, sigue siendo un desafío lograr que ese momento sea realmente significativo y no solo un requisito más.
Me parece interesante saber sobre si a veces “simulamos” la reflexión. Creo que sí pasa, y reconocerlo ya es un primer paso para intentar transformarlo en algo más genuino dentro del aula.
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