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Conceptualización abstracta
Al reflexionar sobre el ciclo de aprendizaje experiencial de Kolb, considero que la fase más desafiante de integrar en el aula es la conceptualización abstracta. Aunque procuro desarrollar las cuatro etapas —experiencia concreta, observación reflexiva, conceptualización y experimentación activa— he notado que este momento en particular exige un cuidado especial.
La dificultad radica en que esta fase implica que el estudiante dé un paso más allá de la experiencia vivida y logre conectar esa vivencia con marcos teóricos, conceptos y lecturas académicas. En la práctica, no siempre resulta fácil movilizar ese interés. Algunos estudiantes se involucran activamente en la experiencia y participan en la reflexión, pero muestran cierta resistencia o poco compromiso frente a la revisión documental y al diálogo con la teoría.
Esto plantea un reto importante en mi proceso pedagógico: ¿cómo lograr que la teoría no se perciba como algo distante o impuesto, sino como una herramienta que les permite comprender mejor lo que están haciendo? He empezado a entender que no se trata solo de “pedir lecturas”, sino de darles sentido dentro del proceso, conectándolas directamente con las experiencias que ellos mismos han vivido y con las preguntas que surgen en el camino.
En este sentido, creo que el desafío está en diseñar estrategias donde la conceptualización sea más cercana, más situada, y donde el estudiante vea que la teoría no es un requisito, sino un recurso para enriquecer su mirada crítica y fortalecer su rol como comunicador. Esto implica seguir explorando formas de mediación, acompañamiento y evaluación que hagan de esta fase un momento significativo y no una ruptura dentro del ciclo.
Sin duda, es un proceso en construcción, pero también una oportunidad para seguir transformando nuestra práctica y lograr aprendizajes más profundos y coherentes con el enfoque experiencial.
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