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Participación – Anderson Castrillón Rivera
En el análisis del ciclo de aprendizaje experiencial propuesto por David Kolb, considero que una de las fases más desafiantes de integrar en la práctica docente es la <strong data-start=”457″ data-end=”483″>experimentación activa.
Si bien es relativamente accesible diseñar experiencias concretas y promover espacios de reflexión y conceptualización, llevar a los estudiantes a un nivel donde puedan <strong data-start=”655″ data-end=”735″>aplicar de manera autónoma los conocimientos en contextos reales o simulados implica retos significativos. Entre estos se destacan las limitaciones de tiempo en los cursos, la disponibilidad de recursos y, en algunos casos, la resistencia de los estudiantes a asumir un rol más activo y responsable en su proceso de aprendizaje.
Además, esta fase requiere que el docente adopte un rol de facilitador, orientando procesos más abiertos y menos estructurados, lo cual puede generar incertidumbre tanto en el profesor como en los estudiantes. Sin embargo, es precisamente en esta etapa donde se consolida el aprendizaje significativo, ya que el estudiante transfiere lo aprendido a nuevas situaciones.
Desde mi experiencia, una estrategia que ha resultado efectiva es el diseño de actividades basadas en problemas reales del contexto, donde los estudiantes deben proponer soluciones viables, lo cual también se articula con el aprendizaje colaborativo planteado por Lev Vygotsky.
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